jueves, 6 de abril de 2017

Aprendizajes sobre bordes y recreos en sala de dos

Hace unos años, cursando una Maestría en Educación, Lenguajes y Medios en UNSAM, llamó mi atención el espacio de los recreos escolares como lugares intersticiales donde es posible reconocer una cultura infantil y un espacio de aprendizaje sumamente rico al igual que el salón de clases. No sé cómo llegué al recreo como objeto de estudio, quizás por ser esa zona de borde que parece separar un espacio donde se aprende de un espacio donde no se aprende y solo se juega. Quizás, por mi práctica de observar esos lugares de cruces, de frontera, donde por lo general no se mira y tengo la costumbre de mirar. Quizás por mi vinculación entre el placer y el estudio…pero así llegué, sin mucho sentido, o con todo el sentido,  a interesarme por los recreos.

La primera invitación fue un Seminario de Pedagogía y Cultura, que me convidó a mirar fotografías de recreos en diferentes momentos históricos. Allí, a través del lenguaje epocal de las imágenes me detuve a reconocer  instantáneas  de recreos  a  principios del siglo XX, promediando el siglo XX y un último momento que proponía mirar una imagen de un recreo en el siglo XXI.  En ese detenerme a observar las fotografías, fue interesante reconocer sentidos y contrasentidos de los niños y las niñas en los recreos que cuestionaban el  determinismo de las representaciones estereotipadas de la infancia para interrogarme sobre la capacidad de voz activa y agenciamiento de los niños en el recreo como un espacio vivo de aprendizaje.

Con la tenacidad que me caracteriza, mi interés por el recreo permaneció a lo largo de toda la maestría, y el segundo acercamiento lo realicé en un Seminario de Comunicación en la Prácticas Socioculturales. Allí, el nuevo convite fue una realizar una observación etnográfica sobre un espacio de recreo en un espacio intersticial en educación superior en la cual doy clases hace muchos años. La práctica de detenerme a mirar un espacio mil veces transitado, de parar a escribir los mínimos detalles, de anotar en la bitácora todo lo que sucedía en cada espacio intersticial de cruce entre asignaturas, fue significativa en un volver a ver una institución y unos estudiantes de otra manera. Ese espacio intersticial se presentaba como un gran relato sobre los jóvenes que allí lo habitaba y sobre sus prácticas socioculturales en un espacio por lo general no visto.

Tres años después,  maravillosamente la vida me puso en patio de una bella escuela pública, observando otro “recreo”. Mis ojos ya no eran los mismos que observaban las fotografías de época como analista, ni aquellos que realizaban la observación etnográfica en la universidad con una mirada antropológica. Estaba acompañando a mi hijo en su proceso de adaptación en sala de dos. Ese mirar que no es ajeno a la emoción, y que quizás por eso lo vuelve más bello. 

Y así, observando a los niños jugar en la adaptación de mi hijo en la sala de dos, descubrí un recreo como otro tipo de intersticio. Allí en los más pequeñitos de la escuela, observé como las fronteras entre el aula y el patio se diluían, como toda una institución puede ser para los niños un gran recreo.Claro está que existían bordes y límites que separaban un momento del otro, bordes necesarios para construir un proyecto pedagógico, marcar distinciones, matices, momentos grupales, pero los bordes eran permeables, comunicantes, permitían integrar docentes y niños, madres, padres, tías, abuelas en el proceso de adaptación. Eran bordes solidarios entre directivos e incluso docentes de otras aulas. Bordes que podían amoldarse a las necesidades y derechos de cada niño en su adaptación, modificándose y modificando a los actores que lo transitaban.

La experiencia de transitar ese borde de la institución que se ensanchó para dar espacio a la adaptación de los más chiquitos de la escuela, me llevó a reflexionar nuevamente sobre naturaleza de los bordes en las instituciones ya sean escolares o no, sobre su capacidad de flexibilizar sus bordes para dar cabida a procesos distintos que puedan cobijar y permitir crecer lo nuevo y lo bello. Quizás, solo quizás, todavía tengamos algunos aprendizajes pendientes de la salita de dos…

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